Luca Donnini's personal page
Epifanía Marginal
sobre la fotografía de Luca Donnini

por Tatiana Escobar (*)


Del malestar de la fotografía

Hay que tener valor para plantarse con una Rolleiflex al cuello dispuesto a tomar retratos de la gente en blanco y negro. Aún más, si estás plantado en la casa de una puta, en un bar de travestís, en una peluquería de señoras, en un festival porno, en un circo ambulante o en un bar de sexo hardcore gay… y pretender que la gente se desnude, no por dinero ni por placer, sino como dicen las madres, por amor al arte.

Valor no le falta a Luca Donnini (Roma, 1961). De hecho, sospecho que sale en busca de los personajes de sus fotos llevado por una mezcla de coraje, curiosidad y deseo, que en su pensamiento elegante y siempre político se traduce en una inusual actitud de voyeur comprometido. Le he visto deambular por la ciudad, casi avergonzado de llevar la cámara a cuestas. Y derretirse de placer y de angustia ante un retrato potencial que ocurre ante sus ojos antes de atreverse a dar el primer paso. Y le he visto regresar a casa feliz de no haber tomado ni una foto.

Así como a Karl Kraus se le encendía la sangre al ver cómo la perla del lenguaje se le escurría cada día entre los dientes a los bárbaros malhablantes, veo al fotógrafo escurriéndose, incómodo, ante la pose premediatada que distorsiona el cuerpo y la mueca que desfigura el rostro, y huyendo como de la peste ante el horror de la sonrisa forzada, el abrazo improvisado o el disparo chapucero mil veces repetido, tan típicos de la fotografía turística, familiar o digital, fantasmas siempre al acecho del hacedor de retratos.

Conciente de que apuntar con la cámara a una persona es un acto de violenta intimidad, el fotógrafo elabora una puesta en escena en sutil complicidad con el sujeto que es casi imperceptible en la atmósfera natural del resultado, y que si bien se rige por técnicas más propias de la dirección de actores, tiene por finalidad despojar a la persona de su máscara pública y de toda teatralidad para mostrarla desnuda ante la cámara, con o sin ropas, pero desnuda al fin. Seductores o inocentes, tímidos o desafiantes, pero siempre frágiles ante la certeza de lo que somos sin más adorno que la vida misma.

Cada retrato de Luca Donnini es un ejercicio solemne de desnudez. Y para que el juego sea un reto para ambos, busca a sus modelos en esos márgenes de la sociedad donde supuestamente lo extraño, el cuerpo desnudo, el sexo o la perversión, el género en mutación o la identidad esquiva no son un tabú sino una manera de vivir. Y se pierde, no entre activistas, sino entre habitantes del margen que, en el mero ejercicio de ser quienes son –travestis, transgéneros, shaved-head dykes, ositos peludos, hombres y mujeres tatuados, desnudos, muy gordos o muy flacos- defienden una identidad diversa, un pensamiento político, una manera de estar en el mundo.

Es imposible no sentirse confrontados ante estos retratos y ante la voz narrativa del fotógrafo que nos habla a través de ellos. Parado allí, en esos lugares donde “la gente de bien” no entrará nunca, y haciendo que esas vidas nos miren fijamente a través de su cámara, fascina esa manera suya de evitar el sentimentalismo, el sensacionalismo o la mera denuncia social. Fascina que sean los propios retratados quienes nos pregunten, desafiantes: Che cazzo fai?

Enmarcados en la tradición del «new documentary style» cuya más reconocida y perturbadora representante es Diane Arbus, los retratos de Luca Donnini celebran, como los de aquélla, a los verdaderos aristócratas, a los que ya no tienen nada que temer porque han tenido que superar las pruebas de la vida para ser quiénes son. Y allí donde antes el flash destacaba el defecto del freak o lo monstruoso de la gente normal para atemorizarnos, ahora una luz compasiva nos revela las virtudes de la otredad para enamorarnos de lo diverso.

En busca de familiares desconocidos

Encontré a Luca Donnini en una noche de otoño en Berlín. Estábamos en el club L.U.X. de Kreuzberg, en la cita nocturna del Festival de Cine Porno, y los dos estábamos de servicio. Bebiendo el típico whisky alemán mal servido, le observaba con curiosidad: un hombre altísimo con semblante de caballero, rostro entre tímido y serio, callado y sereno, y colgada a la altura del pecho, una de esas míticas cámaras Rolleiflex de la firma Franke y Heidecke, con el visor levantado. Casi sin darme cuenta, comencé a estudiar sus escasos movimientos y a preguntarme qué diablos hacía allí aquel fotógrafo, no tanto porque la presencia de los fotógrafos suele ser mal vista en este tipo de eventos, como por el hecho de que, pasadas unas horas, aún no había disparado la primera foto.

Dejé que el whisky venciera mi timidez, me acerqué a la barra para preguntarle quién era y sospecho que en esa primera conversación nos hicimos amigos. Poco después, organicé un salón privado en un extraño recoveco del bar, donde el director de cine Todd Verow, su musa Philly y yo oficiábamos de anfitriones, para examinar a muchachos curiosos ajenos al porno underground que deambulaban por la fiesta con pasos de Bambi. Era una trampa, naturalmente. Pero Luca sonrió bajo la luz roja del salón y siguió sin tomar fotos, hasta que el salón se disolvió.

Acordamos que en los próximos días, Luca visitaría el cuartel general del grupo español en Berlín -un burdel cursi escondido en los bajos de un edificio residencial de Kruezberg, apestado a nicotina y lleno de ángeles, rosas secas y tapicería de zebra- para tomar lo que él llamaba un “retrato programado de grupo familiar”. La tarde siguiente fuimos a ver la exposición de Diane Arbus que organizaba la Galería Camera Work en la calle Kant, a pocos metros del cine donde presentábamos cada tarde el Festival, y recibí la primera de tantas llamadas fallidas de Luca para tomar el retrato que nunca sucedió.

Esta primavera volvimos a vernos en Madrid, donde vino a tomar aquel retrato fallido, y se ha marchado, como cabía esperar, sin hacer la foto señalada. Pero en cambio, me ha dejado observar cómo trabaja, cómo observa y qué tesoro ordinario busca en cada fotografía, con el incansable empeño propio de quien sabe que sólo podrá encontrarlo en sueños.

Hace unos días soñé que vivía en una isla. Y que alguien me había contado un gran secreto. Yo corría a buscar un teléfono y llamaba a Luca, para decirle: “Liza Minelli no ha muerto. Ha construido un palacio en esta isla. Y todo cuanto ocurre en el palacio es como en la película Cabaret, pero de verdad. Tienes que venir a verlo” y Luca me respondía: “Voy enseguida. Si no te importa, iré con un amigo mío que es fotógrafo.”

Mientras desayunábamos, recordé el sueño y nos reímos. Le conmovió que en mi sueño el fotógrafo fuese otro. Y entonces me confió su sueño recurrente: entra en una especie de mercadillo, un lugar que está lleno de trastos cotidianos, cosas normales, sin valor, y cada objeto que toma entre sus manos es un tesoro precioso a sus ojos, una pieza única, un hallazgo, y se siente alegre y tremendamente afortunado de que nadie pueda ver cuán valioso puede ser lo ordinario.







(*) Tatiana Escobar (Venezuela, 1976) ha escrito ensayos y poesía en español. Traductora y editora, en el 2004 abrió en Madrid la primera boutique erótica de España: La Juguetería erotic toys (www.lajugueteria.com), para no tener que vivir de la literatura. Y desde entonces vive del sexo. Y escribe, a veces, para sus amigos.